Escándalo en Petrobras resalta la necesidad de grandes reformas en Brasil

Se requieren cambios políticos para eliminar los incentivos para la corrupción.
Si usted es político en Brasilia en estos días, cuídese de los amigos o socios que se le aproximan de repente para hacerle preguntas capciosas.
Eso fue lo que Romero Jucá, ex ministro de Planeamiento de Brasil, descubrió después de reunirse con Sérgio Machado, presidente de una subsidiaria de Petrobras, para sostener una conversación privada en marzo de este año.
La conversación tuvo lugar antes de la destitución de la presidenta, Dilma Rousseff, a principios de mayo, la cual fue encabezada por el Sr. Jucá y su Partido Movimiento Democrático Brasileño, o PMDB.
En una transcripción del intercambio publicada por el diario Folha de S.Paulo, ambas personas parecieron llegar a la conclusión de que la mejor manera de protegerse de cierta forma contra la investigación de corrupción en la compañía estatal Petrobras era someter a juicio político a la Sra. Rousseff del Partido de los Trabajadores, o PT, y colocar en su lugar a Michel Temer, su vicepresidente, también del PMDB.
Más tarde el Sr. Jucá descubrió que su interlocutor estaba grabando sus conversaciones con él y con otros políticos, presuntamente como parte de un acuerdo de culpabilidad que el Sr. Machado había hecho con los investigadores federales a cambio de indulgencia si los ayudaba a reunir evidencias.
De hecho, conforme se ha expandido la investigación de Petrobras, también se ha expandido el factor miedo en Brasilia. Ciertos miembros del congreso brasileño, que cuenta con 600 miembros, están acusados de colaborar con funcionarios y contratistas de la compañía para obtener sobornos.
Sin embargo, aunque la investigación ha cambiado las reglas del juego de la política brasileña, los jugadores en el congreso siguen siendo básicamente los mismos. Esto plantea la interrogante de si la mayor investigación de corrupción del país será suficiente para alterar una cultura en la que el soborno engrasa la maquinaria política. En el futuro, los políticos posiblemente tendrán más habilidades para ocultar sus delitos.
Ciertamente, la investigación está afectando a más políticos que ninguna otra antes en un país en el que los políticos en activo hasta hace poco estaban acostumbrados a una virtual inmunidad ante los procesos judiciales.
La mayoría de las personas en Brasil, ya sean del PMDB o del PT de la Sra. Rousseff, parecen coincidir en que, además de las investigaciones anticorrupción, se necesitan reformas políticas para intentar eliminar algunos de los incentivos para la corrupción. Al igual que en muchas jurisdicciones, la corrupción en Brasil gira principalmente en torno a la necesidad de financiamiento de las campañas.
Una de las primeras reformas ya la ha realizado el Tribunal Supremo, el cual ha prohibido las donaciones corporativas. Pero sin cambios complementarios, esto sólo privará a los partidos de financiamiento y quizás los dejará aún más vulnerables a la corrupción.
Otra reforma podría ser la introducción de la representación de distrito. Bajo el sistema proporcional de Brasil, los votantes eligen los partidos, los cuales a su vez nombran candidatos para representar los estados, no regiones específicas. Esto da lugar a poca responsabilidad individual.
Otra podría ser ponerle fin al sistema de coaliciones de Brasil, en el que grupos de partidos forman bloques durante la época de elecciones para obtener los derechos a publicidad televisiva gratis asignada según su proporción total en el congreso.
Esto sostiene la gran cantidad de pequeños partidos en el congreso — el tribunal electoral brasileño da una cifra de 35 partidos oficiales — que de otro modo tendrían que fusionarse con otros más grandes si no reciben esta publicidad. Muchos de estos partidos más pequeños carecen de una plataforma política real.
Pero incluso sin una reforma política, la investigación de Petrobras es señal de una insistencia cada vez mayor de la sociedad brasileña para que haya mayor honradez pública por parte de sus políticos. Aunque tomará algún tiempo eliminar a los actuales políticos corruptos, hay esperanzas de que la próxima generación aceptará las nuevas reglas del juego.
Mientras tanto, los políticos brasileños tendrán que temerles tanto a sus amigos como a sus enemigos.


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