
German Rosa Ramos, narra con pesar cómo el río Yuna le arrebató todo.
El reloj marcaba las 11:54 de la mañana del miércoles 22 de noviembre, justamente cuatro días después de que una terrible e inesperada inundación aprovechara la oscuridad para golpear todo el Bajo Yuna, dejando ciento de familias sin hogar, ropa, comida, ajuares ni trabajo. Sentado en un extremo de la quebrantada cuenca del Río Yuna estaba German Rosa Ramos, quien pensaba cómo lo había perdido todo, al tiempo que contemplaba los daños que la creciente había dejado a sus vecinos.
“No hay casa, no hay cama, no hay nada”, comienza diciendo German, para narrar la odisea que viven él y sus vecinos.
Rosa Ramos, quien perdió todas sus pertenencias, cuenta que duerme dentro del vehículo, único bien que pudo salvaguardar de las aguas.
Mientras indica a algunos vecinos cómo colocar una red para atrapar peses y poder alimentarse, pide al gobierno buscar un espacio en zona alta, donde se construya un proyecto habitacional y se desaloje a todas las personas que viven a orilla del río.

Amigos de German escuchan sus instrucciones para colocar una red y pescar la comida del día.
Los amigos de German remaban una canoa por en medio de un canal natural que había dejado la presión del río, luego de que cuyas fuerzas hicieran estallar el muro de contención y terminaran con todos los cultivos y propiedades ubicadas en esa localidad, conocida como la Cueva del Cuco, en el municipio Arenoso, provincia Duarte.

Comunitarios en Bajo Yuna utilizan cayuco movilizarse.
“Estamos en la nada, estamos desde cero ahora”, manifestó German Rosa, mientras con escasas esperanzas pasaba su mano sobre su endurecido y canuco pelo.
Detrás de German, un vecino interrumpía sus declaraciones, indicando a los conductores del medio de transporte acuático-manual cómo accionar para mantener la comunicación del caserío.
Las familias sacaban al sol los pocos colchones y ajuares que quedaron, para poder tener un espacio donde descansar el cuerpo, mientras Rocelyn Valdez soplaba un fogón para incrementar las llamas y poder cocinar la carne y posteriormente el arroz.

Rocelyn Valdez preparando la comida en un fogón, tras el río arrastrar la estufa y demás ajuares.
Con los ojos entrecerrados, debido al humo que se desprende de la estufa manual más antigua, Valdez narra angustiada cómo el río arrastró el invento que evolucionó la forma de cocer los alimentos y se ve obligada a cocinar en leña.
La chica de unos 35 años, contó que no es la primera vez que sufre una situación de esta naturaleza, ya que hace unos años perdió su casa y tuvo que irse a vivir con su madre.

Personas sacan al sol los colchones y otros ajuares que no fueron arrastrados por el río Yuna.
Es inexplicable los niveles de daños registrados en esta área del Bajo Yuna, ubicada justamente debajo del puente que atraviesa el río en la carretera Juan Pablo II y/o Autopista del Nordeste. Allí, decenas de familias esperan que el gobierno llegue y les extienda una mano amiga, para despertar de lo que catalogan como una fuerte pesadilla.

Carretera destruida tras la crecida del Río Yuna.
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