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Un campeón en apuros

Florentino Durán y Robert Mártir
Miches, El Seibo.- Félix Zorrilla Rodríguez fue campeón nacional de boxeo. Ganó 49 peleas en peso completo y obtuvo medalla de oro en 1978. Recuerda que ganó en San Francisco de Macorís y fue campeón regional en 1982 de la mano de los entrenadores; Kikín Rincón de El Seibo y Víctor Pascual de La Romana.
Este campeón de boxeo, apenas se sostiene en pie. Al enfrentarse con “la vida” no ha podido esquivar la “andanada” de golpes que ésta le ha asestado en el ring de la indiferencia del Estado. Muchos se preguntan ¿cómo y por qué un atleta que representó al país en juegos nacionales, sobrevive en medio de la miseria y desolación?
Su hábitat
Una angosta choza construida con yaguas, en la que llueve adentro y escampa afuera. Un destartalado colchón, donde “duermen” los cinco miembros de esta humilde familia sirve de albergue a este exatleta del boxeo, que ya carece de fuerza para seguir golpeando su destino.
Su “hogar” no está en escarpadas montañas, no, se encuentra a solo 2 kilómetros del centro de Miches.
Su humilde “vivienda” no ha llamado, hasta hoy, la atención de funcionarios locales ni nacionales. Pero allí están estos dominicanos. En su mundo, en su miseria, sin tomar en cuenta si avanza o no el Plan de Regularización y no les interesa si Cuba y Estados Unidos ya abrieron sus embajadas.
Al ver su entorno, ni el más indiferente de los humanos escapa a “tragar en seco” o respirar profundo, ante el drama de pobreza y limitaciones que se observa.
Así ven pasar los días Félix Zorrilla Rodríguez y Milagros Peña. Él con 58 y ella con 55 años llevan más de 7 meses residendo en ese lugar y en esas condiciones, junto a sus tres hijos. Uno es producto de su unión matrimonial, los otros dos, les fueron entregados por dos parientes. Donde habitan Félix y su esposa Milagros se conoce como El Morro, a dos kilómetros a la salida del municipio de Miches y a unos 38 kilómetros de El Seibo, pujante provincia del Este del país.
El drama
Los ladridos, con poca fuerza, de dos perritos callejeros te advierten que hay vida en el lugar. La choza permanece abierta, aunque no están sus inquilinos. No hay nada que llevar. Galones vacíos, chatarras, una carretilla para cargar agua, retazos, panchos, utensilios y un fogón apagado te dan la bienvenida.
La mitad de una silla plástica es lo único para sentarse, luego son troncos de árboles. De un lado y de otro hay tierra de la finca de Rodolfo de la Cruz. Ni baño, ni retrete. Cualquier necesidad corporal hay que realizarla en el monte cercano o en el río a un kilómetro de distancia.
Luego de quince minutos de espera y una llamada, ellos llegan. Félix dice que se dedica a la pesca de cangrejos.
“Pesco de noche, para comer en el día. Si no pesco, no hay comida”, porque de la apicultura, que es su segunda opción, lamenta que hayan mermado las abejas. Es el pequeño gran mundo de la familia Rodríguez-Peña.
La pobreza ronda por doquier, aunque la pareja muestra buena “química”. De los hijos, Emmanuel tiene 17 años y está en 4to curso; Eric y Maricruz tienen 12 años. El primero lo procrearon, el otro lo criaron y la menor es hija de una sobrina. Ninguno figura en las 10 mil aulas abiertas por el gobierno para recibir a los niños que desean aprender a leer y escribir.
Félix explica que su vida no ha sido siempre así. Su viacrucis comenzó hace 8 años. Una inyección lo sacó de circulación y lo hizo perder la mayor parte de sus facultades. Recuerda que eso le sucedió en La Romana. El último médico que lo vio es apellido Mazara, luego regresó sin nada, preocupado, porque solo “me interesa darle el sustento a mi familia y un techo”.
A pesar de vivir en “terreno comunero” a la orilla de un camino, teme que alguien lo quiera sacar y recuerda una advertencia reciente que le hizo el diputado Juan Maldonado. “Mi hija teme y me dice: ‘papi cuidado si nos queman por la noche’ ”.
(+) LA MODERNIDAD Y LA CARENCIA 
Este hombre y su familia viven sin ninguna facilidad en la “era moderna”, ni siquiera agua purificada para el consumo. Se encuentra hoy “recostado” de las sogas del ring de la vida, sin fuerzas para salir de él. Su esposa, oriunda de Mao se ha consagrado a los quehaceres de “la casa”… comida “cuando aparece”..
En la ruta por donde viven, se va hacia la playa El Morro que da a un cementerio indígena. Una dura realidad para una pareja que vive por debajo de lo imaginable. Una familia que espera por una mano bondadosa para reencauzar sus vidas. Félix dispuesto a hacer algo sin las mismas fuerzas que cuando era campeón de boxeo, y todos a merced de la solidaridad, que los ayuden a vivir un “futuro promisorio”.


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